conocí a un hombre iraquí;
su historia no debe ser disímil a la
de otro árabe
una donde nos arrebatan al padre, al hermano
la patria
y nos llevan lejos,
aprendemos a medias otra lengua
nos comunicamos con lindas sudamericanas
les decimos que somos hijos de la post guerra,
de todas
las diminutas guerras que separan los corazones,
que son
como alcoholes volátiles y nos bloquean de los submundos
nos escondemos bajo el mar,
buscando tesoros que no nos
pertenecen
buscando para otros lo que hemos perdido
allá en las fronteras
calientes del desierto
nuestro mundo flagelado, destripado a pulso, enajenado
a punta de tropas y casquillos de balas
que ahora son juguetes para
los otros hijos iraquíes que vendrán después de mí
o de este que creo que soy
este que habla, que llora al padre, aún
después de haberlo llorado todo
que abraza a la madre en su precaria humanidad
hemos vivido un infierno, a nuestra manera
somos testigos del mismo dolor
acá o allá
en este inquietante bajo de mundo, nuestro infierno es otro
pero nos (me) duelen todos los infiernos que están ocultos
en este ficticio mundo que habitamos, cuál más
cuál menos afortunado
si, conocí a un hombre iraquí, me quedé con las hebras
que lo siguen a Bagdad
al torrente que lo vio partir
al dolor que supura en sus palabras
que no terminan
de aparecer
en este insignificante punto del mapa; Santiago Poniente
de un Chile del terror
lo seguí hasta el mismo punto final que matará este verso.
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