He sido mala, tan terriblemente mala. Todo este tiempo me he
estado inventando excusas. Sorbo esta taza de té, como quien detiene el tiempo
en cada partícula de agua. Te dije tantas cosas hoy, cosas inexplicables y
desinteresadas. Abrí el cofre donde guardo las joyas. Dos pares de aros
resaltaban en medio del montón de baratijas de fantasía, un par de oro y uno de
plata. Me puse uno de cada uno y salí a la calle, uno era por ti y el otro por
mí. Acabo de darme cuenta lo mala que he sido contigo al decirte que me faltaba
plata para el motel. No, en mi cartera tenía 20 lucas que saqué de mi cuenta de
ahorro en caso de emergencia. Esta era una emergencia y no te di ni una sola
chance de que vieras mi fea humanidad contorneada por las luces de una lámpara
de motel barato del centro de Santiago. Hoy salí de mi casa, un poco por los
dos. Para darle un corte a esta muerte lenta. Yo sé que ves a otras chicas, que
las llevas a moteles baratos, igual como querías hacer conmigo. Pero no, yo no
quiero que me veas. No soporto la idea de tener tu cuerpo tan pegado al mío,
pegajoso, lleno de olores extraños. Presumo que no entiendes eso. Que no le ves
la quinta pata al gato como yo. Claramente no puedes verme llena de heridas. Tres horas en un motel no
valdrían la pena, me quitarías el misterio de saber qué hay debajo de tu ropa
ñoña y descolorida. Termino la taza de té con una dicotomía infernal. Quiero
salir gritado a la calle, volver a los pasos que diste hasta llegar a mi casa.
Volver al principio de tu fijación con mis lunares. Volver a sentir la brisa en
mi cara sudada por el calor. A los primeros aromas que supuraba tu ropa. Hablar
de nuevo sobre esas hormigas asesinas y reír, reir, reir… innumerables veces
mientras volvemos a caminar abrazados un camino sin retorno. Pero no, me quedo
aquí, sentada en medio de las sombras de una casa vieja, llena de telarañas y
polillas. Me quedo con la sensación de haber renunciado antes de tiempo. Me
acomodo en la silla y finjo que no estoy sola. Me sirvo otra taza de té y en el
reflejo iluminado de la tetera noto que me falta un aro.
lunes, 23 de marzo de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
Gunei
II
El intenso vaivén de los coitos. Las luciérnagas invadiendo el cielo
nocturno frente al faro. El césped húmedo bajo la espalda. El olor y sabor
marinos en la lengua. El mar se me presenta como una postal ajena. Desde otro
mundo, mis sensaciones se dispersan en una interminable ráfaga de espasmos. Un
cuerpo tras otro, vienen a habitarme, a copular con este cuerpo maltrecho y
fatigado. La interperie no es una excusa, todos somos el mismo cuerpo,
reciclando esas sensaciones una y otra vez, hasta el fin de nuestra existencia.
Abro los ojos. El Gunei está en silencio dentro de mí. Siento mi cuerpo
cansado, pero estoy otra vez en mi cama, entre las sombras de un cuarto semi
iluminado. Miro el reloj sobre el velador de mica; las tres y diecisiete de la
madrugada. ¿Habrá sido un sueño de nuevo? El Gunei rompe su silencio. Miles de
ecos reverberan en mi pecho; “allí estuviste”. Cierro los ojos nuevamente y entro en el sueño
programado. Otros miles de ecos cosquilleándome las sienes, pero esta vez, es
la falla del programa de sueños, que perpetúa una imagen de arrecifes de coral
del Mar Rojo. Mientras me sumerjo en
esas imágenes previamente preparadas para fomentar mi gustos por la vida
marina, una voz lejana me llama hacía la dirección opuesta del sueño. Hacía la
profundidad más oscura del mar. Una figura semihumana, de largas y delgadas
extremidades se devela en lo profundo del océano imaginario. Sus ojos
centelleantes se van iluminando hasta casi enceguecerme. Me acerco, lentamente;
me abro paso entre los corales y las algas, hacía la oscuridad. Me detengo a
sólo metros de la figura pálida y desnuda. No logro distinguir su sexo, tampoco
si es realmente humano; me fijo en su delgadez cadavérica y en su tez casi gris;
su cuerpo resplandece en medio de la oscuridad. Su cabeza carece de cabello,
tampoco tiene orejas, sólo se distinguen un par de cavidades a ambos lados de
la cabeza. El extraño resplandor acerca uno de sus largos dedos a mi cara. Su
caricia es más parecida al tacto de un témpano de hielo que al de un dedo
humano. Su caricia es casi una quemadura en frío. En ese instante pienso que el
abrazo de ese ser sería capaz de congelarme. Segundos u horas después de esa
caricia gélida, [el tiempo es relativo en los sueños] despierto con el sol
clareando; miro nuevamente el reloj sobre el velador: las siete en punto de la
mañana, hora de comenzar las obligaciones diarias. Dentro mío, el Gunei duerme.
Gunei
I
«Así, pues, yo soy mi cuerpo, al menos en la medida en que tengo uno,
y, recíprocamente, mi cuerpo es como un sujeto natural, como un esbozo
provisional de mi ser total.»
(MERLEAU-PONTY: Phénoménologie de
la Perception.)
Hay un
[otro] ser viviendo dentro de mí. A veces, parece salir a la superficie y
humillarme. Y aunque esta otra criatura no me juzga, de la manera que el resto
de la gente; esa manera vehemente de auscultar el interior de mis silencios que
tienen las personas fuera de mi mundo interior, por mi “otro” no me siento sub
o sobrevalorada. La medida de sus juicios son a lo sumo, largos silencios
embebidos en intensos espasmos vaginales. Mi existencia por sí sola no es más
que un libro lleno de garabatos ilegibles; páginas sucias a medio leer o medio
escribir. Aquello que me habita es todo lo que le hace falta a mi existencia
pura, en bruto. Aquello que me ilumina en los días en que me siento opaca, pero
que [aunque no creo en ella] me succiona el alma cada vez que me utiliza. Su
sed es irrefrenable, un ardor tan sádico que al final de la jornada termino
exhausta y doblegada a todos los dolores imaginables. El otro, en el fondo de
mi ser, estimula mis pensamientos más oscuros. Los hace gigantes e imposibles
de dominar. Cuando [el otro] se asoma a la superficie, cuando al fin toma
dominio de todas mis formas y colores, jamás estoy totalmente consciente y apenas
puedo discriminar entre situaciones reales y sueños. Entre las imágenes que me
permite ver, o que alcanzo a fotografiar, distingo otros cuerpos en bruto
copulando con el mío. Y aunque las imágenes son vagas, todas las sensaciones de
mi ser interior se graban perfectamente. El otro, sólo me proporciona la libertad
para sentir, oler, escuchar; pero no siempre para ver. Mi realidad oscila entre
estar intermitentemente ciega por una parte, y por la otra abstraída en mi
propio submundo; necesario para todo humano en bruto.
Un humano en
bruto, sigue las reglas y cumple sus obligaciones según sea el caso para cada
uno y no hay nada más allá de ese rígido devenir que nos sea permitido. Muy por
el contrario, los humanos potenciados, cumplen labores de niveles elevados;
tienen la libertad de contribuir con ideas y paradigmas complejos, sobre la
existencia y los valores que se deben implantar, que nosotros, humanos de bajo
rango intentamos entender y acatar. En este submundo, todo nos es implantado;
desde las emociones hasta los sueños.
Recuerdo
historias de generaciones anteriores, que describían la existencia de un tercer
rango; uno del que no debíamos tener conocimiento, eran secretamente conocidos
como polimorfos o Gunei, seres con capacidades sobrehumanas. Algunos decían que eran capaces de
entrar en el cuerpo de un humano en bruto y anular toda su voluntad. El “otro”
es un Gunei, estoy segura de eso. A
veces lo siento susurrarme desde adentro, con su voz como de brisa. Aun cuando
se esconde entre mis entrañas, lo siento palpitar en lo profundo. Todo el
tiempo está hurgueteándome, incrustándose en mis músculos y fibras más
delgadas. A veces es pequeño, muy pequeño, casi imperceptible y en otras
ocasiones es casi tan grande como un feto humano de nueve meses. Lo siento
moverse dentro de mí como un pez en las corrientes de un río turbulento, y
desde allí me habla o se compenetra a mis pensamientos. A veces siento que
somos uno y me inunda un vértigo sobrecogedor; estoy llena de su presencia
sobrehumana, capaz de aniquilar mi voluntad casi por completo y llevarme a
rincones que sólo él conoce. Lugares de la Polis, donde a humanos de mi rango
no se nos permite estar. A veces creo que son sólo sueños, pero el Gunei, me reprende diciendo que todo lo
que veo es porque él me lo ha mostrado. Soy esclava del Gunei, y a veces me siento a gusto existiendo de esta manera, como
si yo fuera su parásito y no a la inversa, como es la creencia popular. Se dice
que estos seres fueron desterrados de sus cuerpos físicos mucho tiempo atrás,
las razones se desconocen, pero dicen que la única forma de seguir existiendo
es a través de un cuerpo vacío… como el de los humanos en bruto. Los
potenciados no tienen el espacio suficiente en su matriz cerebral para
alojarlos, en cambio nosotros, a penas páginas en blanco, les servimos
adecuadamente para una existencia semihumana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)