II
El intenso vaivén de los coitos. Las luciérnagas invadiendo el cielo
nocturno frente al faro. El césped húmedo bajo la espalda. El olor y sabor
marinos en la lengua. El mar se me presenta como una postal ajena. Desde otro
mundo, mis sensaciones se dispersan en una interminable ráfaga de espasmos. Un
cuerpo tras otro, vienen a habitarme, a copular con este cuerpo maltrecho y
fatigado. La interperie no es una excusa, todos somos el mismo cuerpo,
reciclando esas sensaciones una y otra vez, hasta el fin de nuestra existencia.
Abro los ojos. El Gunei está en silencio dentro de mí. Siento mi cuerpo
cansado, pero estoy otra vez en mi cama, entre las sombras de un cuarto semi
iluminado. Miro el reloj sobre el velador de mica; las tres y diecisiete de la
madrugada. ¿Habrá sido un sueño de nuevo? El Gunei rompe su silencio. Miles de
ecos reverberan en mi pecho; “allí estuviste”. Cierro los ojos nuevamente y entro en el sueño
programado. Otros miles de ecos cosquilleándome las sienes, pero esta vez, es
la falla del programa de sueños, que perpetúa una imagen de arrecifes de coral
del Mar Rojo. Mientras me sumerjo en
esas imágenes previamente preparadas para fomentar mi gustos por la vida
marina, una voz lejana me llama hacía la dirección opuesta del sueño. Hacía la
profundidad más oscura del mar. Una figura semihumana, de largas y delgadas
extremidades se devela en lo profundo del océano imaginario. Sus ojos
centelleantes se van iluminando hasta casi enceguecerme. Me acerco, lentamente;
me abro paso entre los corales y las algas, hacía la oscuridad. Me detengo a
sólo metros de la figura pálida y desnuda. No logro distinguir su sexo, tampoco
si es realmente humano; me fijo en su delgadez cadavérica y en su tez casi gris;
su cuerpo resplandece en medio de la oscuridad. Su cabeza carece de cabello,
tampoco tiene orejas, sólo se distinguen un par de cavidades a ambos lados de
la cabeza. El extraño resplandor acerca uno de sus largos dedos a mi cara. Su
caricia es más parecida al tacto de un témpano de hielo que al de un dedo
humano. Su caricia es casi una quemadura en frío. En ese instante pienso que el
abrazo de ese ser sería capaz de congelarme. Segundos u horas después de esa
caricia gélida, [el tiempo es relativo en los sueños] despierto con el sol
clareando; miro nuevamente el reloj sobre el velador: las siete en punto de la
mañana, hora de comenzar las obligaciones diarias. Dentro mío, el Gunei duerme.
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