I
«Así, pues, yo soy mi cuerpo, al menos en la medida en que tengo uno,
y, recíprocamente, mi cuerpo es como un sujeto natural, como un esbozo
provisional de mi ser total.»
(MERLEAU-PONTY: Phénoménologie de
la Perception.)
Hay un
[otro] ser viviendo dentro de mí. A veces, parece salir a la superficie y
humillarme. Y aunque esta otra criatura no me juzga, de la manera que el resto
de la gente; esa manera vehemente de auscultar el interior de mis silencios que
tienen las personas fuera de mi mundo interior, por mi “otro” no me siento sub
o sobrevalorada. La medida de sus juicios son a lo sumo, largos silencios
embebidos en intensos espasmos vaginales. Mi existencia por sí sola no es más
que un libro lleno de garabatos ilegibles; páginas sucias a medio leer o medio
escribir. Aquello que me habita es todo lo que le hace falta a mi existencia
pura, en bruto. Aquello que me ilumina en los días en que me siento opaca, pero
que [aunque no creo en ella] me succiona el alma cada vez que me utiliza. Su
sed es irrefrenable, un ardor tan sádico que al final de la jornada termino
exhausta y doblegada a todos los dolores imaginables. El otro, en el fondo de
mi ser, estimula mis pensamientos más oscuros. Los hace gigantes e imposibles
de dominar. Cuando [el otro] se asoma a la superficie, cuando al fin toma
dominio de todas mis formas y colores, jamás estoy totalmente consciente y apenas
puedo discriminar entre situaciones reales y sueños. Entre las imágenes que me
permite ver, o que alcanzo a fotografiar, distingo otros cuerpos en bruto
copulando con el mío. Y aunque las imágenes son vagas, todas las sensaciones de
mi ser interior se graban perfectamente. El otro, sólo me proporciona la libertad
para sentir, oler, escuchar; pero no siempre para ver. Mi realidad oscila entre
estar intermitentemente ciega por una parte, y por la otra abstraída en mi
propio submundo; necesario para todo humano en bruto.
Un humano en
bruto, sigue las reglas y cumple sus obligaciones según sea el caso para cada
uno y no hay nada más allá de ese rígido devenir que nos sea permitido. Muy por
el contrario, los humanos potenciados, cumplen labores de niveles elevados;
tienen la libertad de contribuir con ideas y paradigmas complejos, sobre la
existencia y los valores que se deben implantar, que nosotros, humanos de bajo
rango intentamos entender y acatar. En este submundo, todo nos es implantado;
desde las emociones hasta los sueños.
Recuerdo
historias de generaciones anteriores, que describían la existencia de un tercer
rango; uno del que no debíamos tener conocimiento, eran secretamente conocidos
como polimorfos o Gunei, seres con capacidades sobrehumanas. Algunos decían que eran capaces de
entrar en el cuerpo de un humano en bruto y anular toda su voluntad. El “otro”
es un Gunei, estoy segura de eso. A
veces lo siento susurrarme desde adentro, con su voz como de brisa. Aun cuando
se esconde entre mis entrañas, lo siento palpitar en lo profundo. Todo el
tiempo está hurgueteándome, incrustándose en mis músculos y fibras más
delgadas. A veces es pequeño, muy pequeño, casi imperceptible y en otras
ocasiones es casi tan grande como un feto humano de nueve meses. Lo siento
moverse dentro de mí como un pez en las corrientes de un río turbulento, y
desde allí me habla o se compenetra a mis pensamientos. A veces siento que
somos uno y me inunda un vértigo sobrecogedor; estoy llena de su presencia
sobrehumana, capaz de aniquilar mi voluntad casi por completo y llevarme a
rincones que sólo él conoce. Lugares de la Polis, donde a humanos de mi rango
no se nos permite estar. A veces creo que son sólo sueños, pero el Gunei, me reprende diciendo que todo lo
que veo es porque él me lo ha mostrado. Soy esclava del Gunei, y a veces me siento a gusto existiendo de esta manera, como
si yo fuera su parásito y no a la inversa, como es la creencia popular. Se dice
que estos seres fueron desterrados de sus cuerpos físicos mucho tiempo atrás,
las razones se desconocen, pero dicen que la única forma de seguir existiendo
es a través de un cuerpo vacío… como el de los humanos en bruto. Los
potenciados no tienen el espacio suficiente en su matriz cerebral para
alojarlos, en cambio nosotros, a penas páginas en blanco, les servimos
adecuadamente para una existencia semihumana.
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