Costó varios años para que me diera cuenta que el sexo era
una forma de expresión. Como el arte. Estás ahí parada frente al lienzo en
blanco. Tu cuerpo es el pincel. Yo dibujo mi deseo. Mis colores son
imaginarios. Yo creo mis colores. Mi cuadro es la intención de todo aquello que
le pasa a mi cuerpo. Los espasmos son pinceladas finas, consistentes. El dolor
es parte de ese retrato, es un color negro que se diluye en todas partes. Estoy
dibujando de a poco el orgasmo. La emoción puede llevarme a miles de
tonalidades. Yo soy el pincel y delineo en el cuerpo del otro, que es mi lienzo
imaginario. La obra de arte se retuerce entre mis dedos, hasta que los colores
se entremezclan en miles de combinaciones. Los detalles parecen difuminarse en
el acto exagerado de pinceladas gruesas y torpes. En todas direcciones, la
acuarela se chorrea, lentamente. Como una catarsis. No quedan espacios en
blanco. Finalmente, pincel y lienzo se fusionan y la pintura bulle sin destino.
La intención artística muere. Porque el sexo es arte, pero también es muerte.
Yo muero cada vez que termino de pintar. Muero en la euforia de esa última
pincelada.
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