jueves, 6 de abril de 2017

Ishtar

mirándola a los ojos
desde abajo, desde arriba, a contra luz, entre la niebla
sus pupilas se dilataban como mandrágoras,
                                               como el tajo hurga entre la carne
más allá de sus líneas simples               
era espesa bajo la tierra
como si el lodo fuera agua cristalina

mirándola impalpable entre los frutos que nadie conocía
respirando aroma de claveles y agua estancada
millares de ramos florales suspendidos en el tiempo
a través de cruces, esvásticas y estrellas de ocho puntas
iba cayendo en la profundidad del Tártaro


mirándola como un espasmo subterráneo, ella
penetraba la tierra hasta encontrar mis raíces
deseaba lamer mi caliptra, el fondo de mi existencia
el inicio del vástago convertido en tallo
allí, era yo y todas mis células succionadas por su boca
de ninfa

mirándola retorcerse en la humedad y beber de mí
la savia
oculta en el misterio del placer más impreciso
abrí mi ser a su cadalso
dibujé su forma en mi bestiario 
errático, dejé que mamara como leche mi substancia
hasta que me entregué a su lengua
bajaba desde mis hojas el mantra salado
ella, apenas un pálido capullo, emergió desde el lodo
con mi ser atado a su garganta

mirándola, ya fuera                     inerte, como un fruto maduro
fuera de su rama
lánguida y simple              brotaba de su boca mi propio
rastro seminal                                envilecida tomó sus formas
se disipó entre la luz                     como si estuviera hecha de sombras
desanduvo el paso que la trajo
gota a gota                          embebida en su propia magia
atada a los frutos desconocidos


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