martes, 2 de junio de 2015

Abrir y cerrar los ojos



Cada vez que los párpados cierran sobre la forma convexa del ojo, se cierran los mundos que han quedado fuera de aquel intervalo. Se apaga la magia, el acto indescifrable de la vida. Los motores de los autos se detienen, la lluvia deja de caer, y las gotas quedan suspendidas como mementos inertes. El beso deja de crisparse sobre los labios. La humedad deja de sentirse entre las piernas. Las llamas dejan de arder bajo las cacerolas y los páramos que se incendian en algún pueblo lejano. No se mueven los dedos intentando teclear una frase ingeniosa sobre los hombres que inventan partidas de póquer y beben escocés escondidos en un sótano de Las Vegas. El último suspiro de algún anciano queda interrumpido entre los dientes, intentando escapar desesperado. La existencia es apenas un vaho que se esparrama lenta y pesadamente en la oscuridad de un globo ocular. El hombre abre los ojos. Mira a su alrededor y parece que todo estuviera nuevamente allí; en funcionamiento. El ferrocarril con su traqueteo matutino. El café colombiano en los huesudos dedos de una mujer en la otra esquina. Las mamparas abiertas de un almacén a un costado. El hombre permanece con los ojos abiertos varios segundos; observando el incesante vaivén del mundo. Una mujer de pronunciadas curvas cruza la calle en dirección a él. El hombre entrecierra los ojos. La mujer da lentas zancadas sobre unos stilettos color negro. Sus piernas son firmes, delgadas, largas. Lleva unas medias de seda negra y una minifalda del mismo color. El hombre sólo piensa en esas piernas, en hacer los segundos más largos para verlas moverse, para dibujarlas en su mente. La mujer llega a su lado, lo nombra, y parece que cada letra se deslizara pastosamente sobre su escote en forma de corazón: Hank, le dice. Y cada una de esas cinco letras comienzan a chorrearse sobre su entrepierna. Una a una caen, como si se derritiera un helado sobre sus pantalones. El hombre abre los ojos por completo. Bebe un sorbo de una botella de absenta. La mujer gime exasperada. Él la mira inmutable, vuelve a entrecerrar los ojos. El gemido de la mujer se deshace entre sus labios, salpica en todas direcciones y las gotas apenas avanzan una detrás de la otra. El hombre decide cerrar los ojos por completo una vez más. Nada se oye ahora. Ni los gemidos, o el ferrocarril. No siente el intenso aroma a flores que expele la mujer, ni las vibraciones debajo de sus pies. Cerrar los ojos lo priva de las sensaciones humanas. Abrirlos lo colapsa, lo anula. La mujer frente a él es un lindo par de piernas y unas tetas descomunales. Pero el mundo a veces, es una llama a penas encendida. Existir, es necesariamente cerrar los ojos de vez en cuando. Morir de vez en cuando. Olvidar que existe un coño frente a ti.

1 comentario:

  1. ¿De qué sirve morir
    si no hay resurrección?

    Como un bastardo del cristianismo
    y el occidentalismo
    reclamo mi derecho a ser leyenda.

    Sudo para ser un puma,
    o vuelo para extender las alas como un cóndor.
    ¿De qué sirve destruir mundos imaginarios si no puedo erigir uno propio?

    Canto como sirena, grito como ogro
    nadie contesta. Perdido en los puntos cardinales.
    No era yo, sino soy yo, el hombre, la persona, el soñador.

    Los celos no son la manifestación de la inseguridad
    sino una reclamación por lo que uno cree sagrado.
    Aunque seas la anatema más enigmático,
    para mi eres Gea.

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