Cada vez que los párpados cierran sobre la forma convexa del
ojo, se cierran los mundos que han quedado fuera de aquel intervalo. Se apaga
la magia, el acto indescifrable de la vida. Los motores de los autos se
detienen, la lluvia deja de caer, y las gotas quedan suspendidas como mementos
inertes. El beso deja de crisparse sobre los labios. La humedad deja de
sentirse entre las piernas. Las llamas dejan de arder bajo las cacerolas y los
páramos que se incendian en algún pueblo lejano. No se mueven los dedos
intentando teclear una frase ingeniosa sobre los hombres que inventan partidas
de póquer y beben escocés escondidos en un sótano de Las Vegas. El último
suspiro de algún anciano queda interrumpido entre los dientes, intentando escapar
desesperado. La existencia es apenas un vaho que se esparrama lenta y pesadamente
en la oscuridad de un globo ocular. El hombre abre los ojos. Mira a su
alrededor y parece que todo estuviera nuevamente allí; en funcionamiento. El
ferrocarril con su traqueteo matutino. El café colombiano en los huesudos dedos
de una mujer en la otra esquina. Las mamparas abiertas de un almacén a un
costado. El hombre permanece con los ojos abiertos varios segundos; observando
el incesante vaivén del mundo. Una mujer de pronunciadas curvas cruza la calle
en dirección a él. El hombre entrecierra los ojos. La mujer da lentas zancadas
sobre unos stilettos color negro. Sus piernas son firmes, delgadas, largas. Lleva
unas medias de seda negra y una minifalda del mismo color. El hombre sólo
piensa en esas piernas, en hacer los segundos más largos para verlas moverse,
para dibujarlas en su mente. La mujer llega a su lado, lo nombra, y parece que
cada letra se deslizara pastosamente sobre su escote en forma de corazón: Hank,
le dice. Y cada una de esas cinco letras comienzan a chorrearse sobre su
entrepierna. Una a una caen, como si se derritiera un helado sobre sus
pantalones. El hombre abre los ojos por completo. Bebe un sorbo de una botella
de absenta. La mujer gime exasperada. Él la mira inmutable, vuelve a
entrecerrar los ojos. El gemido de la mujer se deshace entre sus labios,
salpica en todas direcciones y las gotas apenas avanzan una detrás de la otra. El
hombre decide cerrar los ojos por completo una vez más. Nada se oye ahora. Ni
los gemidos, o el ferrocarril. No siente el intenso aroma a flores que expele
la mujer, ni las vibraciones debajo de sus pies. Cerrar los ojos lo priva de
las sensaciones humanas. Abrirlos lo colapsa, lo anula. La mujer frente a él es
un lindo par de piernas y unas tetas descomunales. Pero el mundo a veces, es
una llama a penas encendida. Existir, es necesariamente cerrar los ojos de vez
en cuando. Morir de vez en cuando. Olvidar que existe un coño frente a ti.
¿De qué sirve morir
ResponderEliminarsi no hay resurrección?
Como un bastardo del cristianismo
y el occidentalismo
reclamo mi derecho a ser leyenda.
Sudo para ser un puma,
o vuelo para extender las alas como un cóndor.
¿De qué sirve destruir mundos imaginarios si no puedo erigir uno propio?
Canto como sirena, grito como ogro
nadie contesta. Perdido en los puntos cardinales.
No era yo, sino soy yo, el hombre, la persona, el soñador.
Los celos no son la manifestación de la inseguridad
sino una reclamación por lo que uno cree sagrado.
Aunque seas la anatema más enigmático,
para mi eres Gea.