lunes, 23 de marzo de 2015

El ñoño



He sido mala, tan terriblemente mala. Todo este tiempo me he estado inventando excusas. Sorbo esta taza de té, como quien detiene el tiempo en cada partícula de agua. Te dije tantas cosas hoy, cosas inexplicables y desinteresadas. Abrí el cofre donde guardo las joyas. Dos pares de aros resaltaban en medio del montón de baratijas de fantasía, un par de oro y uno de plata. Me puse uno de cada uno y salí a la calle, uno era por ti y el otro por mí. Acabo de darme cuenta lo mala que he sido contigo al decirte que me faltaba plata para el motel. No, en mi cartera tenía 20 lucas que saqué de mi cuenta de ahorro en caso de emergencia. Esta era una emergencia y no te di ni una sola chance de que vieras mi fea humanidad contorneada por las luces de una lámpara de motel barato del centro de Santiago. Hoy salí de mi casa, un poco por los dos. Para darle un corte a esta muerte lenta. Yo sé que ves a otras chicas, que las llevas a moteles baratos, igual como querías hacer conmigo. Pero no, yo no quiero que me veas. No soporto la idea de tener tu cuerpo tan pegado al mío, pegajoso, lleno de olores extraños. Presumo que no entiendes eso. Que no le ves la quinta pata al gato como yo. Claramente no puedes verme  llena de heridas. Tres horas en un motel no valdrían la pena, me quitarías el misterio de saber qué hay debajo de tu ropa ñoña y descolorida. Termino la taza de té con una dicotomía infernal. Quiero salir gritado a la calle, volver a los pasos que diste hasta llegar a mi casa. Volver al principio de tu fijación con mis lunares. Volver a sentir la brisa en mi cara sudada por el calor. A los primeros aromas que supuraba tu ropa. Hablar de nuevo sobre esas hormigas asesinas y reír, reir, reir… innumerables veces mientras volvemos a caminar abrazados un camino sin retorno. Pero no, me quedo aquí, sentada en medio de las sombras de una casa vieja, llena de telarañas y polillas. Me quedo con la sensación de haber renunciado antes de tiempo. Me acomodo en la silla y finjo que no estoy sola. Me sirvo otra taza de té y en el reflejo iluminado de la tetera noto que me falta un aro.

2 comentarios:

  1. La tetera está vacía.
    La librería sin libros.

    Es triste regresar a Santiago
    y saber que tu teléfono está robado,
    que las redes sociales están saturadas
    y no tener ni la menor idea de localizarte y perdernos.

    Porque a eso nos dedicamos, mientras tu huías de fantasmas,
    yo busco una patria donde plantar mis sueños.
    En esa broma irónica de nuestras vidas, descubrimos que había vida más allá de la muerte.

    Mis coordenadas siguen siendo las mismas.
    Espero volver a encontrar las tuyas.

    ResponderEliminar